Háblale de mí…

No seré yo su más grande admirador. No seré yo quien abrace el liberalismo radical del que este señor era uno de los más acendrados defensores, o quien defienda a sus amigos de cuestionable honor. Pero cuando don Guillermo Prieto (famoso personaje de la historia de mi país) hablaba o escribía, lo hacía con una pasión y elocuencia como ninguna. Famosa es la escena donde el poeta salvó la vida de Benito Juárez en Guadalajara, durante la Guerra de Reforma. Sus hermosas palabras tocaron los corazones de quienes lo iban a fusilar y permitieron que la historia siguiera el curso que todos conocemos.

don Guillermo Prieto Pradillo

Don Guillermo Prieto Pradillo

Catón

Catón

Leyendo la nueva obra de Armando Fuentes Aguirre “Catón”, de breve título “La otra historia de México: Antonio López de Santa Anna, ese espléndido bribón; y la guerra de Estados Unidos contra México, esa infame bribonada”, me encontré hoy con esta conmovedora joya que don Guillermo escribió sobre la víspera de la batalla de Padierna, librada en las puertas de la capital contra los invasores norteamericanos:

Como el señor Valencia me honraba con comisiones importantes; como tenía especial cuidado a título de mando de exponerme lo menos posible a los peligros, designándome los lugares menos inseguros, y como los muchachos ayudantes eran mis amigos, me citaron la víspera de la batalla para hacerme sus encargos. ¡Oh, qué noche! ¡Oh, qué tiernas y apasionadas confidencias! ¡Oh, qué riqueza de áurea, de angelical poesía la de aquellos hombres que, desprendidos de la vida por el sentimiento del deber, volvían los ojos a lo que dejaban de más amado en el mundo!

-A mi padre le dejas mi reloj, Guillermo. Dile que me perdone, que es mi viejo de mi corazón.

-Oye, ¿la conoces? No le digas nada. Deja que pase tiempo. Vuélvele este relicario. No sé cómo no lo he fundido con mis besos.

-Ya está grande mi hijita María. Te oirá, háblale de mí. Tú me vas a ver. Deseo distinguirme; deseo morir para dejarle mi nombre que le de orgullo.

¡Oh, aquella juventud, aquella aspiración a la gloria, aquellas confidencias que tenían como invisible testigo a la muerte, no se borrarán jamás de mi memoria!

Concluye Catón la cita con un párrafo menos hermoso pero igual de triste y más cargado de ira y de desprecio:

¡Qué pena, qué tristeza, digo yo, que todos aquellos ideales, todas aquellas nobles y altas esperanzas, aquel patriotismo juvenil ansioso de inmolarse en el ara del amor a la patria para conseguir un buen nombre que dejar al padre, a la novia, a la hija, hubiesen quedado malogrados por la infame conducta de los malvados que no supieron aquilatar y dirigir aquel impulso de amor a México, y que llevaron a la derrota y a la muerte a tantos buenos mexicanos cuyos nombres ni siquiera nos han quedado para venerarlos como a héroes verdaderos de la patria, no como a otros cuya veneración nos ha sido impuesta por una historia falseada y mentirosa!

Ninguna historia de ningún país está libre de las mezquindades, de las malicias y las bajezas de los hombres y mujeres que la hacen. Pero la de mi país, y sobre todo la de la invasión estadounidense, es especialmente triste y dolorosa de leer para mí. En los momentos en que la integridad territorial de México, en que su misma independencia estaban amenazados; la división, la discordia y la vileza encontraban terreno fértil en gobernantes y militares; fueron el pueblo, los soldados anónimos y los ciudadanos sin nombre los que defendieron el honor de la Patria a costa de su vida y quienes vendieron caro el botín que los gringos se llevaron.